Contemplando su retrato

Nota: este pequeño post tiene su historia. Iba a ser publicado en un blog sobre el idioma español pero, tras una segunda lectura, se acordó no hacerlo debido al “alto nivel” (ya me gustaría a mí) del texto. Sin embargo no quería quedarme con las ganas de publicarlo. Espero que os guste.

Contemplando su retrato

Miro su famoso retrato, señor Bécquer, y no puedo evitar pensar que siendo un adolescente la profesora de literatura me obligó a leer sus Rimas y leyendas. Confieso que me dispuse a iniciar su lectura con muy poco ánimo, pensando que lo que tenía entre manos era otra obra literaria aburrida, densa y totalmente inapropiada para mi edad. ¡Qué sabría un tipejo del siglo XIX acerca de mis inquietudes de adolescente!

Pero reconozco que al poco me tragué mi orgullo. Fue leer aquello de “ese soy yo, que al ocaso/cruzo el mundo, sin pensar/de dónde vengo, ni adónde /mis pasos me llevarán” y sentir que realmente, más allá de la tumba, usted me comprendía.

Seguí su lectura y le digo que me emocioné, que lloré… y al llegar a las leyendas ¡vaya si me aterré! Incluso hoy, cuando me encuentro solo en la biblioteca me acuerdo de aquel miserere.
¿Qué más le puedo decir, señor Bécquer, que un devoto lector no le haya dicho ya? A estas alturas de mi vida, en la que tengo la misma edad con la que usted nos abandonó, le diré que soy de los pocos que comprende que ser un romántico es más que desear un beso.

Jesús de Aragón y Soldado (el Julio Verne español)

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Quizá no conozcáis el nombre del autor, pero Jesús de Aragón y Soldado fue llamado en su momento “El Julio Verne español”. Aproveché para escribir un artículo sobre él en el boletín de cultura del trabajo. Fue una bonita experiencia y lo fue todavía más cuando la mismísima nieta del autor se puso en contacto con nosotros para agradecernos la mención.

Jesús de Aragón y Soldado.

“Brujería” y “eficiencia artística” (y II)

Había dejado el post anterior en suspenso, bueno, mejor dicho “en pausa”. Había prometido hablar de algo llamado “eficiencia artística” (si es que esta existe). Como resumen de lo ya acontecido diré que tras ver una adaptación de “La Odisea” por parte de Rafael Álvarez “El Brujo” sentí que había asistido a un espectáculo entretenido y “muy eficiente” – en el buen sentido de la palabra-. Tras hacer un mal ejercicio de “ingenería inversa” entendida a mi manera, creo que estos son los puntos en los que se basa el secreto de la “brujería”. Cada punto, por supuesto, va acompañado de un ejemplo en el que creía notar la cadencia de este “método”.

1. La identificación rápida de público (¿le gusta el drama o la comedia?): nada más comenzar la obra el actor hizo mención a una nueva teoría sobre la autoría de “La Odisea” que “se encontró en Wikipedia”. La carcajada sincera mostraba un público divertido.

2. La “morcilla fática”: inclusión de “morcillas” primero referidas al texto que se alejaban progresivamente del guión establecido con el objeto de tantear al público y provocar el estallido de risa previo a una calma en la que se incluiría el texto “canónico”.

Los clásicos sí que sabían de ingeniería aplicada al teatro

3. La búsqueda de la complicidad pasiva: “Ustedes son mejores que los de la semana pasada”. Varias veces dijo esto el intérprete. Si se reconoce y se loa el nivel de un público se obtiene su aprobación y su atención.

4. El reproche amable: tal y como estaban las cosas bien podría el respetable haber demandado más, con perdón, coñas. Pero también hay que ceñirse al libreto. Así que bastaba con reprochar, con mucha amabilidad y cortesía, que en la platea nadie seguía el texto clásico. Especialmente efectivo fue cuando, sin rodeos, el actor pidió silencio y respeto para su parte preferica, que recitó con la pasión debida. Más tarde volvería a las bromas.

A falta de un estudio más profundo (tampoco quiero aburrir el lector, aunque también confieso que tampoco la mente me llega a más de cuatro puntos) diría que esos son los rasgos que me hacen pensar que existe esa “eficacia artística”. Claro, también puede que sea mi imaginación. A lo mejor debería poner en práctica la técnica aunque no… no creo que ese sea el secreto de “El Brujo”. Si lo fuese ¿por qué el que ha descubierto con soberbia y petulancia la quintaesencia de su magia tiene ganas de asistir a otro de sus espectáculos?

P.S.: Para que luego un par de espectadores encima dijera, al salir de la representación, que en este montaje el señor Álvarez “no había estado tan bien como en otros” (dichoso público…).

“Brujería” y “eficiencia artística”

Hace unos días fui a ver un espectáculo teatral basado en “La Odisea”. ¿Mis razones? Siempre ha sido una historia que me ha gustado, ver alguna mención a los clásicos es raro por aquí y esta puesta en escena estaba interpretada por un gran actor, Rafael Álvarez “El Brujo”.

Fue un buen espectáculo: dinámico, retador… algo que no es fácil conseguir cuando hay un solo actor hablando durante -ojo al dato- dos horas y media. Sólo tengo que poner un pero: yo iba a ver “La Odisea” interpretada por “El Brujo”; no al “Brujo” interpretando “La Odisea”.

Seguramente es falta mía. Nunca antes había visto al actor y quizá debí esperarme alto tan personal como para que la historia de Homero acabase diluida en el anecdotario de un monstruo (en el buen sentido de la palabra). Aunque también puede ser que “la culpa” fuese del público. El teatro, por lo poco que sé, es más dinámico de lo que se piensa. El intérprete se adapta a lo que quiere el público: si oye toses sabe que debe hablar más alto; si el respetable permanece en silencio en los instantes más dramáticos, se procura una interpretación más intensa; si hay aplausos en los momentos de broma, intuye que las butacas desean más humor.

Eso fue lo que pasó. El público de la platea de aquel sábado por la tarde quería menos Homero y más “brujería”; menos Grecia clásica y más España contemporánea. La dichosa “catarsis” no pasaba por la identificación con el héroe sino por la burla a un país en el que se mezclan crisis, corrupción y falta de amor a la cultura.

Aquel día el famoso actor-cuentacuentos-monologuista lo sabía. Una mención a los “los egipcios” (risas), una comparación de Ulises con Urdangarín (carcajada), una queja al IVA desproporcionado de las entradas del teatro frente al ridículo de las localidades en los estadios de fútbol (aplauso).

Cuando a mitad de la obra llegó el descanso, que ya es tarde, me di cuenta de que lo que menos importaba era la vida de Odiseo. El actor, medio en broma, comentaba incluso que el público no se enteraba del texto y prefería el cachondeo; pero resuelto admitía que él estaba para dar lo que la gente quería.

Supongo que me estoy quejando mucho. No debería pues lo pasé en grande y las dos horas con veinte minutos se pasaron en un suspiro. Eso es una proeza, una gran proeza por parte del actor.

¿Cómo puede ser que la interpretacón de un texto de casi 2.800 años, morcillas y comentarios incluidos, se pase más deprisa que el monólogo de cinco minutos de algunos “nuevos cómicos?, ¿cómo puede ser que piense, pese a no ver lo que yo quería, que volvería a ver un espectáculo de este hombre?

Quizá existe algo llamado “eficiencia artística”, aunque ambos términos sean aparentemente contradictorios: una conciencia dada por la experiencia capaz de dar al que te observa lo que quiere sin que tú renuncies al mensaje que querías dar desde un principio, y todo ellos sin aparente esfuerzo.

Digo “quizá” pero no debería. Si la he experimentado es que existe. Otra cosa es que el artista sea consciente de su uso o que la llame de la misma manera que yo. Creo que debería mencionar en qué consiste, a mi modo de ver.

Pero no me voy a alargar en este post. Creo que va a ser mejor que explique en qué consiste mi concepción de la “eficiencia artística” en una segunda parte. Así también ordeno algunas ideas…

Detectives del mundo anglosajones

Gracias a ese estupendo blog que es “Mis detectives favoritos” conozco la existencia de un detective de ficción sevillano, para más señas, llamado Javier Falcón. Tirando del hilo me entero gracias al FB de Serie Negra que se está preparando una serie sobre sus andanzas (producida por la francesa Canal+ y la alemana ZDF). Lo curioso del asunto es que tal personaje no es fruto de la imaginación de un autor español sino de un británico, Robert Wilson.

Por cierto, ¿conocéis a algún escritor español que haya editado una novela sobre un inspector de Scotland Yard? Si lo hay, por favor, decídmelo y sacadme de mi ignorancia.

El caso es que, pese a lo sorprendido que me encontraba por tal hallazgo, al pensar un poco me di cuenta de que a los autores anglosajones se les da de miedo crear personajes, especialmente detectives, de otras nacionalidades. ¿A qué se deberá?, ¿será cosa de la gran cantidad de turistas ingleses y norteamericanos que pueden verse en cualquier ciudad europea?, ¿es porque todavía tienen cierta mentalidad de imperio que les lleva a creer saber cómo piensan los habitantes de otros países?, ¿o sencillamente habría que admitir que, pese a lo pensemos, ellos están más interesados por otras culturas? La verdad, ni idea. Sólo sé que en la biblioteca de casa hay unos cuantos de esos personajes.

Comencemos, a bote pronto y porque mientras escribo esto estoy frente a las estanterías, por Hércules Poirot, quizá el más conocido de los detectives creados por Agatha Christie. Este detective francés… perdón… ¡belga! al que todos ponemos la cara de Peter Ustinov o David Suchet. Bien es verdad que sus aventuras transcurren en cualquier sitio menos en Bélgica, pero es un precedente. También es cierto que su figura era un estereotipo (el francófono bien vestido, pinturero, detallista, que habla mal inglés…); pero ¿hasta qué punto era esta imagen producto de una supuesta “desinformación” de la señora Christie? No olvidemos la cantidad de veces que Poirot tiene que aclarar que es belga y no francés (que son cosas muy distintas) y que parte de su método de investigación se basa en hacer creer a los clasistas criminales ingleses que se trata de un superficial advenedizo que no se entera de nada.

Poirot, el detective belga

En el momento en el que bajo la mirada a la mesa caigo en que en el Kindle tengo “Chacal” de Frederick Forsyth. No es parte de una saga de detectives pero llama la atención que el efectivo asesino que intenta cargarse al presidente De Gaulle sea inglés y el competente investigador sea un inspector francés, Claude Lebel. Cualquiera podría pensar que el señor Forsyth sería un poco más “patriótico”; pero a lo mejor los que nos tenemos que mirar lo del molesto uso de los estereotipos somos nosotros.

En fin… volvamos a la estantería. Dos baldas más abajo hay un libro que me encanta: “Estrella polar” de Martin Cruz Smith. Es la segunda entrega de la saga Arkadi Renko iniciada con “Gorki Park”. En este caso el autor no es inglés… ¡es norteamericano! Sí… un norteamericano que describe las aventuras de un policía ruso; y si os digo que tanto “Gorki Park” como “Estrella polar” tenían lugar en los años 80, cuando todavía estábamos en aquello tan poco estudiado llamado “Guerra Fría”, para qué os voy a contar más. Sus novelas todavía siguen vendiéndose, aunque no faltan autores rusos que critican el trabajo de Smith por no estar todo lo bien documentado que debería. Dicho sea de paso, me encantaría leer algo de novela negra rusa (si podéis recomendarme algo estaré agradecido).

Algo que no me acababa de convencer de los casos de Renko era su modernidad. Hasta hace bien poco he dicho que me encantaría leer acerca de las vicisitudes de un investigador soviético en la época más chunga (con perdón) de la historia rusa: el estalinismo. Y digo “hasta hace bien poco” porque en la mesilla de noche tengo “Réquiem ruso” de William Ryan, autor irlandés residente en Londres. Alexei Dimitrevic Korolev, que así se llama la criatura del escritor, es un dedicado policía además de un comunista convencido; aunque parece que su inquebrantable fe en el partido se derrumbará. Supongo que en próximas entregas le veremos como víctima de una purga o algo así. Estoy esperando a ver qué pasa con la segunda entrega porque, aunque parecía que no iba a ser editada en este bendito país, el propio autor asegura que en 2013 llegará la traducción.

Eso de la espera no me pasa con las novelas de Michael Dibdin. Más que nada porque directamente nunca se han editado en castellano. Y eso que su personaje, el detective italiano Aurelio Zen, es de lo más atractivo: eso de que sea el único policía íntegro y honesto de toda Roma me parece un punto de partida genial. No creo que le veamos por aquí, así que recomiendo el visionado de la serie de la BBC inspirada en el personaje (aunque lamentablemente es difícil de encontrar y sólo tiene tres capítulos). Aquí os dejo su estilosa “intro”.

Uno que merecería una serie propia es Bernie Gunther, el detective privado alemán creado por el escocés Philip Kerr. Su época es la más oscura del país: la del III Reich. Le ha pasado de todo: la mujer a la que amaba desapareció tras una investigación que implicaba al mismísimo Goering, fue capturado por los soviéticos (hubiese estado bien que hubiese coincidido con Korolev), ha tenido que cambiar de identidad… la única pega que le veo es que en ocasiones recuerda demasiado a un Phillip Marlowe grandote y ario (ojo, aclaro que desde el primer momento sabemos que Bernie no es un nazi).

Estos son, en definitiva, los que se me ocurren (o, al menos, los que veo en la estantería, en el Kindle o en la tele). Supongo que hay muchos más. Esto es algo que me hace pensar una cosa: ¿qué estamos haciendo nosotros?, ¿por qué no le damos vueltas al tarro y creamos, por ejemplo, a un inspector de la policía gibraltareña de los años 50 llamado Paco Smith? O mejor, ¿y un policía de Corea del Norte que tenga que investigar crímenes ocurridos dentro de la cúpula del partido tras una temporada en un campo de trabajo? No creo que los anglosajones nos ganen en imaginación o en manejo de documentación

… o a lo mejor sí.

P.S.: Me estoy dejando al comisario veneciano Guido Brunetti, creación de la escritora estadounidense Donna Leon… pero como empecé ayer “Muerte en la Fenice” todavía no tengo una opinión/descripción formada.