Vivir con una persona despistada

Recuerdo con una mezcla de nostalgia, ternura y cierta sensación de libertad cuando yo era el elemento despistado de casa. Podías permitirte el lujo de perder cualquier cosa en cualquier lado, que tu madre siempre estaría ahí, siempre aparecería en sus manos con el objeto pródigo y diciendo “¿Es esto lo que buscabas?”.

Bien, esos tiempos han cambiado. Soy la pareja de una persona despistada y he tenido que cambiar muchas de mis actitudes no sólo hacia el orden o la memoria, también hacia el mundo y la vida. En este caso no es que los opuestos se atraigan… es que deben existir para que haya armonía. Por eso os quería dar algunos consejos para que, en el caso que compartáis vuestra vida con un elemento despistado o una despistada, podáis sobrevivir.

Porque esto es como una prueba de supervivencia. Caes en una jungla y tienes que aprender a desenvolverte, a utilizar tus propios recursos, a ser a la vez Bear Grylls, Sherlock Holmes y MacGyver. Al principio es duro… pero si sigues unas pautas podrás, quizá no triunfar, pero sí salir airoso de numerosos problemas.

La inclusión de este ramo de nomeolvides no es gratuita...(La inclusión de este ramo de nomeolvides no es gratuita)

En primer lugar debes empezar a pensar por dos. Sí, como suena. Puedes seguir al elemento despistado, puedes tomar nota de dónde deja las cosas, puedes usar tu prodigiosa memoria para acordarte de dónde deja las llaves, el bolso… pero será en perjuicio de tu propia mente. Se te olvidarán tus cosas, no recordarás dónde has dejado tu móvil y al final, al final, en un giro de acontecimientos digno de “Más allá del límite” te acabarás dando cuenta de que tú eres aún más elemento despistado.

Lo que voy a decir va a ser doloroso…  pero para resolver esta contingencia habría que “alienarse”, volverse rutinario: deja tus llaves en el mismo sitio, acostúmbrate a comprobar si el gas, la puerta de la entrada o el frigorífico están cerrados ¡aunque lo estén! En poco tiempo estas acciones serán automáticas para ti y no tendrás que usar apenas memoria. Lo malo es desarrollar una especie de TOC, pero lo consideraremos “daño colateral”.

Otra acción que también funciona: ten tus cosas siempre a la vista. Algunas veces para guardar algo no es necesario esconderlo sino tenerlo a la vista. Sobre una balda de la librería, en un bol junto al teléfono, en la mesilla de noche. Procura que tus efectos personales como móviles, gafas, relojes… puedan ser localizadas de un golpe de vista. Con eso aligerarás la carga de tus recuerdos y podrás redirigir tus recursos al seguimiento del elemento despistado.

En tercer lugar hay que tener en cuenta que, por muy caótico que sea un elemento despistado, también se rige por cierta rutina. Llega a casa, va al salón a dejar la bolsa del PC, luego a la habitación a ponerse ropa cómoda, quizá luego a la cocina a picar algo. Es una información muy útil pues si el elemento despistado pierde algo es muy probable que haya sido en algún punto de su camino cotidiano. Un móvil puede aparecer dentro del frigorífico, dejado al buscar algo para picar, una pulsera podría llegar al cuenco donde se dejan las llaves, un ordenador se encontraría colgado en el gancho donde antes estaba la bata de andar por casa…

Bueno… viendo lo desorganizado que era Holmes quizá debería cambiar el nombre del siguiente método…

Un pensamiento, una frase parafraseada de las novelas de Sherlock Holmes. ¿Recuerdas lo de “Cuando todo aquello que es imposible ha sido eliminado, lo que quede, por muy improbable que parezca, es la verdad”? Pues se convertiría en  “Cuando todo lugar posible ha sido registrado, a lo perdido no le queda más que esconderse en el lugar más inverosímil”. Esto también implica cierta metodología: primero investigar en los lugares posibles y, si no encontramos nada, adentrarnos en lugares imposibles desde la tierra de una maceta a una taza de la alacena pasando por un gorro de ducha.

Los que nunca, nunca, hay que descartar son los lugares en los que el elemento despistado ya ha buscado. No sería la primera vez que unos zapatos o un collar aparecen en un sitio cuyo registro se le había confiado.

Y es que en ocasiones el elemento despistado se ofusca, se centra en que el objeto no se encuentra en lugar de centrarse en la búsqueda del objeto. ¿Cuántas veces lo que buscaba estaba delante de sus narices?

Por esta razón también es fundamental que seamos nosotros los que ordenemos o guardemos algunos efectos del elemento despistado, especialmente los importantes como tarjetas médicas, pasaportes o cartillas bancarias. Eso sí, si lo hacemos debemos guardarlos en lugares de fácil acceso para el elemento despistado… y siempre los mismos.

Esto viene a santo de que en muchas ocasiones el elemento despistado buscará algo mientras nosotros no estamos en casa. El elemento despistado nos llamará por teléfono y nosotros le indicaremos que busque en esos lugares determinados “¿Has mirado en la mesilla? Si no está ahí estará en el primer cajón de la cómoda o en el segundo cajón del mueble del salón”.

Hablemos ahora de aquellos objetos que vienen a pares o en packs de dos piezas como pendientes, calcetines, zapatos, bikinis… El elemento despistado puede hacer dos cosas con ellas: o bien perder ambas o perder solamente una. En este último caso reunir la pareja es más o menos sencillo porque la pieza perdida suele estar cercana a la otra en un radio más o menos pequeños: estamos hablando de debajo de la cama, la cómoda, la mesilla o dentro de un armario si hablamos de un dormitorio; o debajo de un mueble, la mesa o el sofá si hablamos del salón. El verdadero problema llega cuando esas dos piezas se extravían pues no disponemos de indicio de proximidad. Si sois personas astutas pensaréis que bastaría con pensar en esas dos partes como en una unidad y que, allá donde esté una parte estará la otra.

Pero lamentablemente no suele ser así. Es más, a menudo he encontrado una de las partes después de una ardua búsqueda mientras la otra parece haberse volatilizado. En algunos casos me ha funcionado el método “Holmes” mezclado con el uso de la rutina del elemento despistado.  Vamos a dar un ejemplo práctico: el elemento despistado se ha quitado un pendiente al llegar a la habitación y se queda con otro en la mano; se da un suceso que rompe la rutina (una llamada de teléfono) y mientras atiende la llamada, el elemento despistado tiende a andar por el pasillo, el comedor, el baño y la cocina. Finalmente la llamada termina y el elemento despistado se da cuenta de que ha perdido el pendiente que tenía en la mano.

¿Dónde puede estar? Sin duda en un lugar inverosímil pero predecible. El elemento despistado es despistado, pero no irresponsable. No puede haber lanzado el pendiente por la ventana o haberlo tirado por el desagüe. Así que es muy probable que lo haya dejado en algún lugar que esté a la altura de su mano y donde suela dejar otras cosas, como el aparador de la entrada, la repisa del baño o la encimera de la cocina.  Una rutina ha sido rota por un imprevisto que genera una nueva rutina.

Bendita, rutina, bendito orden…

Hay otras cosas que son inevitables y contra las que no podemos hacer nada: que aparezcan pipas de girasol entre los cojines, encontrarnos calcetines alegremente dejados en el revistero del baño… lo que se deshecha no puede ser ordenado ni clasificado, así que un método ordenado es inútil. Lo que nos queda es tomarlo con filosofía… y cuando digo “filosofía” digo “zen”. Da igual si nos bajamos una app de música relajante o de meditación, si nos compramos un jardincito zen o si leemos cómics de Usagi Yojimbo… el caso es buscar algo que nos proporcione calma y meditación. No estamos hablando de espiritualidad, hablamos de estabilizar la mente.

Creo que esto es todo (¡más de mil trescientas palabras!) y si no lo es tampoco quiero daros más la vara. Sólo espero que estos consejos os puedan ayudar. Aunque bien pensado, todo se puede reducir a una máxima atribuida a Lao Tse: Ten paciencia. Espera hasta que el barro se asiente y el agua esté clara. Permanece inmóvil hasta que la acción correcta surja por si misma”.

¿Los tiempos cambian?

Soy firme defensor de la teoría que afirma que el mundo no ha cambiado tanto. Siguen existiendo las mismas tendencias, aunque con un envoltorio distinto. ¿Qué diferencia a los actuales guardianes de la moral moderna de los antiguos calvinistas?, ¿qué son aquellos que renuncian a mostrar su vida en redes sociales sino una versión modernizada de los viejos anacoretas?, ¿qué es un friki sino un asceta que busca en sus objetos de culto ir más allá de la realidad que vive?

Después de tanto tiempo y mucha morriña

Uno se acomoda cuando las cosas no van del todo bien. Se instalan una melancolía, una tristeza, un sopor que son de todo menos creativos. Y lo peor es que mente y cuerpo se acostumbran, se aletargan. No sé si es porque se rinden o se toman estos ataques de muermo como una especie de hibernación.

No estoy hablando de regodearse ni de dejar de esforzarse. Sencillamente se trata de un bajón de energía, de sentirse como una pila gastada o como una calculadora solar a la que por falta de luz se le desvanecen los números. Quizá como ocurre con estas necesite pulsar las teclas con más empeño para conseguir resultados.

Elogio del caníbal

Hay dos cosas que no olvidaré pero nunca recordaré cuándo sucedieron: la primera es una frase de mi madre Te gustan los malos de las películas porque tú eres justamente lo contrario; la segunda es la mirada de Anthony Hopkins, fija, malévola, traspasando no sólo el cristal de su celda, también la pantalla de la televisión y, además, la propia ficción.

Desde aquel momento, eso sí lo tengo claro, me declaré fan del doctor Hannibal Lecter.  Sé que para muchos el malo por antonomasia es un malogrado asceta oriundo de Tatooine llamado Darth Vader; pero para mí es un sibarita psiquiatra lituano que ha decidido ir más allá de la carne de cerdo. Juzguen ahora quién es más sencillo.

Lecter tiene algo fascinante: refinado pero duro, culto pero brutal, elegante pero dispuesto a pisar descalzo el fango… tiene algo de esos depredadores fatales pero exquisitos que han sido relegados a documentales de baja audiencia cuando deberían protagonizar el prime time. En concreto, me arriesgaría a decir que es como un leopardo incluso por el hecho de que este distinguido asesino ¡pela a sus víctimas antes de comérselas! Es el colmo de la finura (llegados a este punto confieso que quería establecer, además, una semejanza entre el leopardo y Il Gattopardo para establecer una relación entre Hannibal y Don Frabizio Corbera, pero lamentablemente la identificación entre los dos animales no es clara).

Sforza

Se me olvidó decir que, para colmo, Lecter es descendiente de los Sforza.

Reconozco que falta mucho para ser un “Fannibal” de pro. No he visto todas las películas, no he leído todos sus libros, ni he visionado todos los capítulos de la serie (magnífico Mads Mikkelsen, por cierto); pero basta seguirle en unas pocas circunstancias para ver en él algo que se ve poco en los mortales de no ficción: algo que resulta de la unión de conjuntos de la coherencia, la cultura, la supervivencia y el mal más puro. Algo que se parece peligrosamente a la sinceridad; porque, seamos honestos, el buen –es un decir- Hannibal Lecter no es falso, no es hipócrita. Es perverso, se sabe malo, lo disfruta… ¡y hace de ello un arte!

Menos mal que sólo existe en la ficción. Tanto por el hecho de que una persona así suelta en el mundo real sería terrible; como por el hecho de poder descartar también algunas partes poco cómodas de su biografía. ¿Alguien se ha creído que ese niñato resentido, fascinado por su tía, traumatizado por la guerra, que aparece en “Hannibal Rising” sea el buen – repito, es un decir- Hannibal Lecter? Prefiero pensar que el señor Thomas Harris ha sido devorado por su personaje, literalmente, y que algún sicario mal pagado –quizá el mismo que hizo a Anakin Skywalker un adolescente encabronado – tuvo que escribir esa novela al modo en el que aquel oscuro escritor de cuyo nombre no quiero acordarme escribió un Quijote apócrifo.

Pero ya me estoy alargando demasiado con este elogio. Les tengo que dejar, queridos lectores, tengo un amigo para cenar. Eso sí, les quiero dejar una frase también dicha por este viejo y culto amante del Renacimiento, tan sanguinario, tan primoroso, tan imprescindible:

Vivimos en una época primitiva, ni salvaje, ni sabia. Las cosas hechas a medias son una maldición. Una sociedad racional me hubiese matado o me hubiese aprovechado.

P.S.: Perdonen que no haya puesto fotos del doctor pero, ¿quién las necesita cuando todos sabemos de quién estamos hablando? H.

Contemplando su retrato

Nota: este pequeño post tiene su historia. Iba a ser publicado en un blog sobre el idioma español pero, tras una segunda lectura, se acordó no hacerlo debido al “alto nivel” (ya me gustaría a mí) del texto. Sin embargo no quería quedarme con las ganas de publicarlo. Espero que os guste.

Contemplando su retrato

Miro su famoso retrato, señor Bécquer, y no puedo evitar pensar que siendo un adolescente la profesora de literatura me obligó a leer sus Rimas y leyendas. Confieso que me dispuse a iniciar su lectura con muy poco ánimo, pensando que lo que tenía entre manos era otra obra literaria aburrida, densa y totalmente inapropiada para mi edad. ¡Qué sabría un tipejo del siglo XIX acerca de mis inquietudes de adolescente!

Pero reconozco que al poco me tragué mi orgullo. Fue leer aquello de “ese soy yo, que al ocaso/cruzo el mundo, sin pensar/de dónde vengo, ni adónde /mis pasos me llevarán” y sentir que realmente, más allá de la tumba, usted me comprendía.

Seguí su lectura y le digo que me emocioné, que lloré… y al llegar a las leyendas ¡vaya si me aterré! Incluso hoy, cuando me encuentro solo en la biblioteca me acuerdo de aquel miserere.
¿Qué más le puedo decir, señor Bécquer, que un devoto lector no le haya dicho ya? A estas alturas de mi vida, en la que tengo la misma edad con la que usted nos abandonó, le diré que soy de los pocos que comprende que ser un romántico es más que desear un beso.

Cosas que te dicen cuando haces esgrima antigua

Creo que todo el mundo que me conoce lo sabe (de hecho admito que gusta contarlo): estoy aprendiendo el noble arte de la Verdadera Destreza. Es decir, hago esgrima antigua. Si para muchos ya resulta insólito que me dedique a dar espadazos por deporte, para la mayoría lo es más que siga unas enseñanzas que datan del siglo XVII.

Lo curioso es cómo la gente muestra su sorpresa. No olvidemos que en este bendito país que es España es una tradición no escrita tratar de responder con algún tipo de ingenio a aquello que resulta sorprendente. Tampoco olvidemos que la mayoría de la gente no es precisamente original en el uso del ingenio. Vamos, que al mencionar la práctica del arte marcial en cuestión, me he encontrado con varias respuestas tipo… y la mayoría de las veces me he encontrado con la intención de responder algo igualmente ingenioso; cosa que no he hecho por educación o, como se diría en francés, por simple paso del l’esprit de l’escalier. Paso a enumerar algunas en negrita y a poner en cursiva la respuesta que me hubiera gustado dar.

1. ¿Dónde vas, Alatriste? A darte un buen corte, Malatesta.

2. (En el caso de que haya dos interlocutores) Tú con este ten cuidado. Sí, porque con el que te habla no hay nada que hacer.

3. ¿Y esa espada tiene filo? Sí, cuando yo llegué éramos 120 en clase y ahora quedamos vivos tres. 

4. ¿Pero también lleváis máscara? No, es un colador. En realidad en clase llevamos sombrero de ala ancha con pluma. 

5. ¿Para esto vale la espada de adorno que compré en Toledo? Si quieres también puedes usar la espada de la boda. No hay problema.

6. (Al ver el parche con la cruz de Borgoña) ¿Allí sois carlistas? En este caso la mejor respuesta es la indiferencia y el silencio.

Seguro que me dejo algunas preguntas y que otras estarán por llegar. Estas, desde luego, son las más comunes. Espero con ellas no haber resuelto dudas, que para eso está la iniciativa informativa propia. Este post ha sido más bien para desahogarme, cosa que espero que comprendáis.