Elogio del caníbal

Hay dos cosas que no olvidaré pero nunca recordaré cuándo sucedieron: la primera es una frase de mi madre Te gustan los malos de las películas porque tú eres justamente lo contrario; la segunda es la mirada de Anthony Hopkins, fija, malévola, traspasando no sólo el cristal de su celda, también la pantalla de la televisión y, además, la propia ficción.

Desde aquel momento, eso sí lo tengo claro, me declaré fan del doctor Hannibal Lecter.  Sé que para muchos el malo por antonomasia es un malogrado asceta oriundo de Tatooine llamado Darth Vader; pero para mí es un sibarita psiquiatra lituano que ha decidido ir más allá de la carne de cerdo. Juzguen ahora quién es más sencillo.

Lecter tiene algo fascinante: refinado pero duro, culto pero brutal, elegante pero dispuesto a pisar descalzo el fango… tiene algo de esos depredadores fatales pero exquisitos que han sido relegados a documentales de baja audiencia cuando deberían protagonizar el prime time. En concreto, me arriesgaría a decir que es como un leopardo incluso por el hecho de que este distinguido asesino ¡pela a sus víctimas antes de comérselas! Es el colmo de la finura (llegados a este punto confieso que quería establecer, además, una semejanza entre el leopardo y Il Gattopardo para establecer una relación entre Hannibal y Don Frabizio Corbera, pero lamentablemente la identificación entre los dos animales no es clara).

Sforza

Se me olvidó decir que, para colmo, Lecter es descendiente de los Sforza.

Reconozco que falta mucho para ser un “Fannibal” de pro. No he visto todas las películas, no he leído todos sus libros, ni he visionado todos los capítulos de la serie (magnífico Mads Mikkelsen, por cierto); pero basta seguirle en unas pocas circunstancias para ver en él algo que se ve poco en los mortales de no ficción: algo que resulta de la unión de conjuntos de la coherencia, la cultura, la supervivencia y el mal más puro. Algo que se parece peligrosamente a la sinceridad; porque, seamos honestos, el buen –es un decir- Hannibal Lecter no es falso, no es hipócrita. Es perverso, se sabe malo, lo disfruta… ¡y hace de ello un arte!

Menos mal que sólo existe en la ficción. Tanto por el hecho de que una persona así suelta en el mundo real sería terrible; como por el hecho de poder descartar también algunas partes poco cómodas de su biografía. ¿Alguien se ha creído que ese niñato resentido, fascinado por su tía, traumatizado por la guerra, que aparece en “Hannibal Rising” sea el buen – repito, es un decir- Hannibal Lecter? Prefiero pensar que el señor Thomas Harris ha sido devorado por su personaje, literalmente, y que algún sicario mal pagado –quizá el mismo que hizo a Anakin Skywalker un adolescente encabronado – tuvo que escribir esa novela al modo en el que aquel oscuro escritor de cuyo nombre no quiero acordarme escribió un Quijote apócrifo.

Pero ya me estoy alargando demasiado con este elogio. Les tengo que dejar, queridos lectores, tengo un amigo para cenar. Eso sí, les quiero dejar una frase también dicha por este viejo y culto amante del Renacimiento, tan sanguinario, tan primoroso, tan imprescindible:

Vivimos en una época primitiva, ni salvaje, ni sabia. Las cosas hechas a medias son una maldición. Una sociedad racional me hubiese matado o me hubiese aprovechado.

P.S.: Perdonen que no haya puesto fotos del doctor pero, ¿quién las necesita cuando todos sabemos de quién estamos hablando? H.

Contemplando su retrato

Nota: este pequeño post tiene su historia. Iba a ser publicado en un blog sobre el idioma español pero, tras una segunda lectura, se acordó no hacerlo debido al “alto nivel” (ya me gustaría a mí) del texto. Sin embargo no quería quedarme con las ganas de publicarlo. Espero que os guste.

Contemplando su retrato

Miro su famoso retrato, señor Bécquer, y no puedo evitar pensar que siendo un adolescente la profesora de literatura me obligó a leer sus Rimas y leyendas. Confieso que me dispuse a iniciar su lectura con muy poco ánimo, pensando que lo que tenía entre manos era otra obra literaria aburrida, densa y totalmente inapropiada para mi edad. ¡Qué sabría un tipejo del siglo XIX acerca de mis inquietudes de adolescente!

Pero reconozco que al poco me tragué mi orgullo. Fue leer aquello de “ese soy yo, que al ocaso/cruzo el mundo, sin pensar/de dónde vengo, ni adónde /mis pasos me llevarán” y sentir que realmente, más allá de la tumba, usted me comprendía.

Seguí su lectura y le digo que me emocioné, que lloré… y al llegar a las leyendas ¡vaya si me aterré! Incluso hoy, cuando me encuentro solo en la biblioteca me acuerdo de aquel miserere.
¿Qué más le puedo decir, señor Bécquer, que un devoto lector no le haya dicho ya? A estas alturas de mi vida, en la que tengo la misma edad con la que usted nos abandonó, le diré que soy de los pocos que comprende que ser un romántico es más que desear un beso.

Da Vinci, su bici y los sabios ignorantes

Han pasado ya tres años desde que fui a aquella exposición sobre Leonardo da Vinci en el Centro de Exposiciones Arte Canal de Madrid, pero -lo que son las cosas- sigo reflexionando mucho acerca de ella.

Me llamó la atención la cantidad de gente que había pese a que, todos lo saben y hasta hay quien presume de ello, los españoles no somos muy dados a la cultura. Quizá se tratase de una de esas veces en las que al público le da un venazo y se vuelve loco con una muestra de algún genio.

Parece que me quejo; pero juro que me parece bien que pasen este tipo de cosas: mejor hacer cola para ver a Leonardo que formar un tumulto para ver a Belén Esteban presentando una línea de ollas y sartenes en el Carrefour (juro que lo vi).

Sin embargo había algo que me pareció un poco triste; y fue ver cómo bastantes de los asistentes iban a ver la exposición de una manera un tanto, con perdón, “cateta”: me refiero a aquellos padres que parecían llevar a sus hijos; pero que no prestaban atención a las obras, como si el “que inventen ellos” de Unamuno se hubiera transformado en un “que se formen ellos”.

Igualmente me refiero a aquellos que iban de adoradores de Leonardo, pero en realidad sabían más bien poco de él. Un ejemplo: recuerdo que el punto fuerte de la muestra era la reconstrucción de los ingenios del autor -ya sabéis: artilugios voladores, paracaídas, máquinas de guerra… -; por supuesto estaba el montaje que nunca puede faltar cuando se habla del genio, la dichosa bicicleta que se adelantó a su tiempo. Bien, uno de los visitantes se paró ante el artilugio y dijo extasiado, casi con lágrimas en los ojos, “él ya lo había hecho”; por supuesto no había leído la nota en la que se explicaba que realmente da Vinci no había diseñado ninguna bici, sino que había diseñado los elementos que, en su conjunto, habrían formado una.

Para rematar esa sensación que se podría resumir en “¿pero esta gente de qué va?” citaría que a unos pocos metros había un artilugio que Leonardo diseñó para que los relojes no se atrasaran; por supuesto nadie le hacía y caso y los pocos que leían cuál era la función del objeto apartaban la vista diciendo “no me he enterado de nada”. Igual me paso de pedante, pero el nivel de pensamiento abstracto que debió tener para crear semejante cacharro en aquella época me pareció más digno de admiración que una bici que muchos, incluso, consideran un fraude.

Lamentablemente no recuerdo mucho más de la exposición (yo y mi tendencia de ver el vaso siempre medio vacío); pero sí recuerdo la sensación a la salida, un sentimiento de pena: nos creemos sabios, pero no somos más que ignorantes que leen las primeras líneas de un folleto, crédulos que prefieren la maravilla deslumbrante al análisis detenido. En fin… gente que se asombra al ver algo tan sencillo como dos ruedas y una cadena; pero ve con escepticismo e indiferencia lo que realmente es complejo, lo que le obligaría a perder su valioso tiempo aprendiendo.

¿Fueron Cervantes y Shakespeare la misma persona?

Link

Llevo muchísimo tiempo sin escribir y esto es una vergüenza. ¡Prometo resarciros, público! De momento voy a ir poniendo algunos enlaces a cosas que hice en el trabajo, recordar algún bonito contenido del antiguo blog de Don Alipio o recordar los mejores posts que hice para NPC.

Hoy quería recordar unos curioso posts que hice para los blogs del trabajo y en los que se especulaba sobre las distintas identidades de Shakespeare.

En este mencioné algunas de las teorías más “curiosas” sobre la verdadera identidad del bardo.

En este ahondé en una de las teorías más, con perdón, descacharrantes sobre el verdadero Shakespeare… ¿Y si fue realmente Cervantes?

Daría para un libro, un falso documental… o mejor… ¡para una obra de teatro!

Detectives del mundo anglosajones

Gracias a ese estupendo blog que es “Mis detectives favoritos” conozco la existencia de un detective de ficción sevillano, para más señas, llamado Javier Falcón. Tirando del hilo me entero gracias al FB de Serie Negra que se está preparando una serie sobre sus andanzas (producida por la francesa Canal+ y la alemana ZDF). Lo curioso del asunto es que tal personaje no es fruto de la imaginación de un autor español sino de un británico, Robert Wilson.

Por cierto, ¿conocéis a algún escritor español que haya editado una novela sobre un inspector de Scotland Yard? Si lo hay, por favor, decídmelo y sacadme de mi ignorancia.

El caso es que, pese a lo sorprendido que me encontraba por tal hallazgo, al pensar un poco me di cuenta de que a los autores anglosajones se les da de miedo crear personajes, especialmente detectives, de otras nacionalidades. ¿A qué se deberá?, ¿será cosa de la gran cantidad de turistas ingleses y norteamericanos que pueden verse en cualquier ciudad europea?, ¿es porque todavía tienen cierta mentalidad de imperio que les lleva a creer saber cómo piensan los habitantes de otros países?, ¿o sencillamente habría que admitir que, pese a lo pensemos, ellos están más interesados por otras culturas? La verdad, ni idea. Sólo sé que en la biblioteca de casa hay unos cuantos de esos personajes.

Comencemos, a bote pronto y porque mientras escribo esto estoy frente a las estanterías, por Hércules Poirot, quizá el más conocido de los detectives creados por Agatha Christie. Este detective francés… perdón… ¡belga! al que todos ponemos la cara de Peter Ustinov o David Suchet. Bien es verdad que sus aventuras transcurren en cualquier sitio menos en Bélgica, pero es un precedente. También es cierto que su figura era un estereotipo (el francófono bien vestido, pinturero, detallista, que habla mal inglés…); pero ¿hasta qué punto era esta imagen producto de una supuesta “desinformación” de la señora Christie? No olvidemos la cantidad de veces que Poirot tiene que aclarar que es belga y no francés (que son cosas muy distintas) y que parte de su método de investigación se basa en hacer creer a los clasistas criminales ingleses que se trata de un superficial advenedizo que no se entera de nada.

Poirot, el detective belga

En el momento en el que bajo la mirada a la mesa caigo en que en el Kindle tengo “Chacal” de Frederick Forsyth. No es parte de una saga de detectives pero llama la atención que el efectivo asesino que intenta cargarse al presidente De Gaulle sea inglés y el competente investigador sea un inspector francés, Claude Lebel. Cualquiera podría pensar que el señor Forsyth sería un poco más “patriótico”; pero a lo mejor los que nos tenemos que mirar lo del molesto uso de los estereotipos somos nosotros.

En fin… volvamos a la estantería. Dos baldas más abajo hay un libro que me encanta: “Estrella polar” de Martin Cruz Smith. Es la segunda entrega de la saga Arkadi Renko iniciada con “Gorki Park”. En este caso el autor no es inglés… ¡es norteamericano! Sí… un norteamericano que describe las aventuras de un policía ruso; y si os digo que tanto “Gorki Park” como “Estrella polar” tenían lugar en los años 80, cuando todavía estábamos en aquello tan poco estudiado llamado “Guerra Fría”, para qué os voy a contar más. Sus novelas todavía siguen vendiéndose, aunque no faltan autores rusos que critican el trabajo de Smith por no estar todo lo bien documentado que debería. Dicho sea de paso, me encantaría leer algo de novela negra rusa (si podéis recomendarme algo estaré agradecido).

Algo que no me acababa de convencer de los casos de Renko era su modernidad. Hasta hace bien poco he dicho que me encantaría leer acerca de las vicisitudes de un investigador soviético en la época más chunga (con perdón) de la historia rusa: el estalinismo. Y digo “hasta hace bien poco” porque en la mesilla de noche tengo “Réquiem ruso” de William Ryan, autor irlandés residente en Londres. Alexei Dimitrevic Korolev, que así se llama la criatura del escritor, es un dedicado policía además de un comunista convencido; aunque parece que su inquebrantable fe en el partido se derrumbará. Supongo que en próximas entregas le veremos como víctima de una purga o algo así. Estoy esperando a ver qué pasa con la segunda entrega porque, aunque parecía que no iba a ser editada en este bendito país, el propio autor asegura que en 2013 llegará la traducción.

Eso de la espera no me pasa con las novelas de Michael Dibdin. Más que nada porque directamente nunca se han editado en castellano. Y eso que su personaje, el detective italiano Aurelio Zen, es de lo más atractivo: eso de que sea el único policía íntegro y honesto de toda Roma me parece un punto de partida genial. No creo que le veamos por aquí, así que recomiendo el visionado de la serie de la BBC inspirada en el personaje (aunque lamentablemente es difícil de encontrar y sólo tiene tres capítulos). Aquí os dejo su estilosa “intro”.

Uno que merecería una serie propia es Bernie Gunther, el detective privado alemán creado por el escocés Philip Kerr. Su época es la más oscura del país: la del III Reich. Le ha pasado de todo: la mujer a la que amaba desapareció tras una investigación que implicaba al mismísimo Goering, fue capturado por los soviéticos (hubiese estado bien que hubiese coincidido con Korolev), ha tenido que cambiar de identidad… la única pega que le veo es que en ocasiones recuerda demasiado a un Phillip Marlowe grandote y ario (ojo, aclaro que desde el primer momento sabemos que Bernie no es un nazi).

Estos son, en definitiva, los que se me ocurren (o, al menos, los que veo en la estantería, en el Kindle o en la tele). Supongo que hay muchos más. Esto es algo que me hace pensar una cosa: ¿qué estamos haciendo nosotros?, ¿por qué no le damos vueltas al tarro y creamos, por ejemplo, a un inspector de la policía gibraltareña de los años 50 llamado Paco Smith? O mejor, ¿y un policía de Corea del Norte que tenga que investigar crímenes ocurridos dentro de la cúpula del partido tras una temporada en un campo de trabajo? No creo que los anglosajones nos ganen en imaginación o en manejo de documentación

… o a lo mejor sí.

P.S.: Me estoy dejando al comisario veneciano Guido Brunetti, creación de la escritora estadounidense Donna Leon… pero como empecé ayer “Muerte en la Fenice” todavía no tengo una opinión/descripción formada.